Ironías

La navidad pasada (2017), jugando «Verdad o Reto» mi cuñado preguntó: «¿Por qué te casaste?» La gran, gran pregunta se había asomado. Alguien había sacado al tema a mi ex y bueno, era obvio que tenía que arrastrarse todo hasta esa etapa de mi vida. La respuesta fue simple: por mi padre.

Mi ex me propuso matrimonio de la forma más cagada posible: «Si nos casamos te dan seguro médico». Reí y nunca creí que fuera en serio, después se hizo serio y comenzó a convertirse en un tema que durante un rato evadí. Suficiente había sido con el hecho de haber aceptado andar con él -yo no estaba tan segura-, luego de irme a vivir con él -yo no estaba tan segura- y finalmente casarme con él… sí, tampoco estaba tan segura.

Una noche, casi madrugada, él dormía plácidamente y yo ya no podía contener las voces de todas mis amigas, hermanas y madre: es un gran partido, es un gran hombre, es súper responsable, tiene un buen corazón, te ama, te respeta, nunca encontrarás otro como él -sigo rezándole a Dios por ello-. Sólo había una última palabra.

El teléfono sonó y contestó mi padre. Necesito hablar -ahora yo necesitaba hablar-. Aún recuerdo esa conversación:

-Tu madre y yo sabemos que no eres como tus hermanas, que te nos caíste de chiquita y por eso eres así, pero sólo tengo una pregunta qué hacerte ¿lo amas?

-Daría mi vida por él.

-Entonces cásate como un favor hacía él.

Regresé a la cama, lo levanté y le dije: Sí, vamos a casarnos.

Él no lo sabe, pero fue a partir de esa noche que dejé de dormir más de cuatro horas corridas. Comenzó la ansiedad, el estrés, mis dudas. ¿Estaba haciendo lo correcto? La sociedad indicaba que sí, ya vivía con él, lo amaba inmensamente, ya sabía planchar camisas y ya había logrado incluso un estado de confort. No me daba dinero pero pagaba todo -servicios, gas, renta, etc.-. Nada importaría entonces que nadie pelara mis curriculums, qué más da si no me titulaba, igual todos me lo decían «No mames te sacaste el premio gordo ¡es ingeniero!». Podrá sonar irónico pero cuando lo conocí, no tenía ni un peso en la bolsa…

Flashback: Durante una de nuestras primeras conversaciones en la Facultad de FyL, cuando le pregunté si quería un café, tocó todas sus bolsas y me dijo: «No» con una sonrisa enorme, enseñando sus dientes de caballo que decía tener. Fue ahí, ese día que yo comencé a enamorarme de él. Cuando le dije «yo invito» y él aceptó encantado.